• Consideraciones estratégicas en tiempos de incertidumbre: inicio de la discusión

  • Por Walter Baier | 12 May 20
  • El Consejo de transform! europe presenta el siguiente documento de estrategia para su discusión.

     

    Predecir es muy difícil, especialmente si se trata del futuro.


    I.

     

    En enero, cuando el virus Covid-19 llegó a Europa, los gobiernos de los Estados miembro y la Comisión Europea, aunque habían recibido advertencias de ello, habían descuidado la adopción de medidas preventivas contra su propagación. Italia y España, cuyos sistemas de salud se habían visto debilitados por décadas de políticas de austeridad, se vieron terriblemente afectados y se los dejó solos. En lugar de asistencia inmediata, los ministros de finanzas de los países de la UE otorgaron una suspensión temporal del pacto fiscal, lo que significa una solución temporal a un problema que sería menos grave si no fuera por el pacto fiscal.

    El Acuerdo de Schengen ya no existe, no debido a una decisión tomada colectivamente para cerrar las fronteras provisionalmente, sino a las decisiones individuales no coordinadas tomadas por los gobiernos europeos.

    A principios de marzo, Alemania incluso bloqueó la exportación de equipos médicos de protección lo que no solo supuso una burla de la solidaridad europea, sino también la violación las sacrosantas reglas del mercado interno. Quod licet Iovi ...

    La crisis del coronavirus ha expuesto la grosera contradicción de los tratados de la UE, que asignan políticas sociales y sanitarias a los Estados miembro, pero limitan sus bases financieras por la legislación de la UE, principalmente el Pacto de Crecimiento y Estabilidad. Es dudoso que el daño que esto ha causado al prestigio de la UE, especialmente en los Estados más afectados por la epidemia, pueda repararse fácilmente.

    La crisis existencial en la que ahora se encuentra la UE está revelando sin piedad sus déficits estructurales: la priorización errónea de los tratados europeos, cuya principal preocupación no es el bienestar de las poblaciones sino el funcionamiento sin obstáculos de los mercados, y la división equivocada de las competencias entre las instituciones de la UE, que sustituyen el principio de la formación de voluntad democrática y parlamentaria a nivel nacional y europeo con una interacción no transparente entre los gobiernos y la burocracia de la UE.

    Estamos al comienzo de una crisis económica acerca de cuyo alcance y duración nadie puede estar seguro. Sin embargo, economistas de buena reputación advierten que podría ser la mayor crisis económica que el capitalismo haya visto en tiempos de paz. Con su gobernanza económica y la doctrina económica neoliberal predominante del lado de la oferta, es razonable pensar que la UE está mal preparada para proteger a los europeos de sus efectos.

    Lo que debería haber sido la hora de la solidaridad europea amenaza con convertirse en "una Noche de Walpurgis en el Monte Pelado" [1], el momento en el que una derecha radical ya intenta capitalizar la crisis intensificando su discurso agresivo.

    Sin embargo, la idea nacionalista de que una crisis de dimensiones globales puede ser resuelta por naciones que compiten entre sí por recursos escasos es completamente irracional, sobre todo para los Estados pequeños y medianos.

    Cuanto más evidente sea el absurdo de la visión nacionalista, mayor será la tendencia a la adopción de métodos autoritarios por el gobierno. El camino de la democracia iliberal a la dictadura puede ser ahora corto.

    El estado actual de emergencia, con sus restricciones de libertad médicamente recomendadas, está preparando un terreno psicológico favorable para este cambio. Ya estamos viendo la reacción política y cultural, que se expresa en el aumento de la violencia doméstica y en el desplazamiento de las mujeres del discurso público, paradójicamente en un momento en que el trabajo de cuidados y reproducción, que hoy en día es realizado principalmente por mujeres, demuestra su importancia sistémica.

    Necesitamos enfrentar la gravedad de la situación. El capitalismo se enfrenta a sus límites sistémicos. Pero para que esta declaración sirva como algo más que una autoafirmación ideológica, necesitamos un debate sobre las alternativas que ahora enfrenta la gente de Europa y abrir un camino hacia un nuevo modo de producción y cultura. Los últimos meses nos han recordado que el equilibrio de fuerzas dentro de los Estados nacionales sigue siendo decisivo. Sin embargo, también han demostrado lo trágico y los peligros de deficiente solidaridad europea. Como red europea transnacional, tenemos que hacer frente a este aspecto del debate y a sus consecuencias para las perspectivas de la integración europea. 

     

    II.

     

    El estado de emergencia será seguido por una recesión global. Lo que no se sabe es si conducirá a una depresión de largo alcance. A pesar de las víctimas que produjo, la última crisis financiera no condujo al colapso del capitalismo. Por el contrario, el porcentaje más rico de la población mundial fue capaz de llevar sus niveles de riqueza a extremos inimaginables y, a través de los mercados financieros, ahora tiene a las poblaciones y los Estados más sometidos que nunca.

    La recesión actual, por el contrario, no se desencadena por un colapso de un sector financiero hipertrófico, sino por una ruptura abrupta en el ámbito de la oferta y la demanda de las economías reales.

    En teoría, uno podría imaginar un reinicio de las economías tras el final de la fase más crítica de la pandemia y un rápido retorno a la normalidad. Lo que nos previene contra esto es el hecho de que la economía real, cargada de tensiones geopolíticas, ya estaba en una fase descendente antes de la pandemia. Los intentos de los bancos centrales de utilizar una política monetaria expansiva para estimular las inversiones y las economías reales han demostrado no ser duraderos.

    Sin embargo, sobre todo, en vista de la digitalización y la crisis ambiental, las economías capitalistas están en el umbral de una transformación integral que requiere estrategias diferentes a las contenidas en los libros de texto de economía neoclásica.

    Por lo tanto, es muy cuestionable que haya un retorno al status quo anterior.

    Mientras tanto, las tasas de desempleo han alcanzado valores dramáticos. Según la OIT, 2.700 millones de trabajadores se vieron afectados por cierres totales o parciales a nivel mundial. La bomba de relojería social creada por las millones de relaciones de trabajo precarias y temporales en los márgenes de las leyes laborales y de los derechos sociales está a punto de explotar.

    Para evitar los efectos sociales y económicos inmediatos derivados del estado de emergencia, los gobiernos han aprobado programas especiales de un alcance hasta ahora inaudito, por ejemplo, el gobierno alemán está promoviendo la financiación de un paquete de medidas decretadas a fines de marzo que asciende al 10% del PIB.

    Estas son decisiones correctas. La pregunta es si son suficientes. Los economistas esperan un aumento de los niveles de deuda en relación con el PIB de los miembros del Eurogrupo de 10 a 15 puntos porcentuales.

    En este activismo de política fiscal de los Estados, las reglas de los tratados de la UE sobre ayudas estatales y el Pacto de Crecimiento y Estabilidad se han dejado de lado de la noche a la mañana. Si bien la Comisión Europea se limitó a legitimar ex post las decisiones tomadas por los Estados, después actuó al menos de otra manera al indicar su disposición a comprar bonos estatales por un valor total de 750 mil millones de euros. Esto puede proporcionar un alivio temporal. Sin embargo, a través de una nueva deuda exorbitante, los países se volverán aún más dependientes del capital financiero, que exige tributos en forma de interés. A pesar de las bajas tarifas ofrecidas, estas afectarán significativamente a los Estados de manera individual. Por lo tanto, sin un gran cambio de rumbo, la actual crisis del coronavirus está marcando el camino hacia la crisis de deuda estatal y la política de austeridad en el futuro inmediato.

    Los efectos de la acumulación de deuda afectan a los países de diversas maneras, ya que las tasas de interés dan una ventaja a los Estados financieramente poderosos y discriminan a los más débiles. Por lo tanto, el endeudamiento agravará aún más la desigualdad entre las regiones desindustrializadas del Sur y el Este de Europa y los centros de poder económico de la UE.

    No obstante, algunas cosas importantes siguen siendo impredecibles. La transformación económica estructural alterará la posición de las industrias, regiones y Estados dentro de la competencia capitalista y cambiará su influencia financiera, que también se expresa en el nivel de interés, y agregará nuevas contradicciones y rivalidades a las ya existentes entre Este / Oeste y Norte / Sur, puntos críticos que incluso pueden afectar el núcleo de la integración europea.

    Nueve gobiernos, entre ellos Francia, Italia y España, han exigido la emisión de eurobonos para mutualizar los costos de la gestión de la crisis. Yanis Varoufakis ha dicho que un billón de euros es la suma que se debe reunir con estos bonos. A través de los eurobonos, la solidez financiera conjunta de los miembros del Eurogrupo se desplegaría para crear préstamos a bajo interés, poniéndolos a disposición de los Estados en proporción a lo afectados que estén por la pandemia y por la posterior recesión económica. El brusco rechazo de la propuesta por parte del gobierno alemán arroja una oscura sombra sobre el futuro de la integración europea en la nueva era que se avecina tras la crisis del coronavirus.

    Por lo tanto, si los ministros de finanzas del Eurogrupo no pudieron ponerse de acuerdo sobre los eurobonos propuestos debido a la objeción de un grupo de países, ¿por qué no debería una coalición de gobiernos con predisposición, incluido el francés, uno de los grandes pesos de la UE, emitir bonos comunes de manera autónoma?

    Los eurobonos podrían proporcionar alivio, pero el problema general de los altos niveles de deuda de los Estados y su efecto negativo en la división de recursos materiales y políticos entre los Estados y las clases persistirá a menos que se reduzca radicalmente la deuda europea y se modifique la distribución de los recursos y los ingresos. Además, la reconstrucción económica después del final de la fase aguda de la pandemia, que debe estar vinculada con la transformación ecológica y energética de la base industrial de las economías, exigirá una inversión sin precedentes. Por lo tanto, la financiación de la deuda pública y privada, que nuevamente está creciendo exorbitantemente durante la crisis, se convertirá en el problema clave del período inmediatamente posterior a la actual crisis. Dar una respuesta a esto es la tarea más importante que la izquierda debe enfrentar en la actualidad.

    La financiación de la deuda estatal a través de la inflación se enfrentaría a una feroz oposición política por parte de algunos de los Estados miembros de la UE. Entonces, las alternativas serían cargar los costes sobre la población a través de programas de austeridad y privatización, como en la última crisis, o hacer que los propietarios de grandes riquezas, que poseen la mayor parte de los préstamos, soporten las cargas de intereses de los presupuestos públicos a través de la condonación de deudas, gravámenes confiscatorios de capital y un impuesto a los beneficios.

    Para llevar a cabo una política de este tipo, esto debe ir acompañado de la imposición de controles de capital y la garantía de las reclamaciones sobre los fondos de pensiones y seguros de salud, lo que debe lograrse mediante la adquisición por parte del sector público de estos fondos, que debe ser promulgada por los Estados miembro, apoyados y coordinados a nivel supranacional. En los próximos meses, incluso los economistas convencionales no se cansarán de asegurarnos que nunca fueron neoliberales. La izquierda puede construir sobre las grietas que la crisis ha abierto en el discurso público. Sin embargo, hemos aprendido de la última crisis financiera que esta ventana de oportunidad permanecerá abierta solo hasta que se forme un consenso dentro de las clases dominantes, principalmente de los grandes países europeos, sobre cómo lidiar con la crisis. Por lo tanto, no debemos limitarnos a convertirnos en el ala izquierda de la corriente dominante liberal.

    No se trata de un combate doctrinal. La crisis plantea la cuestión de la hegemonía con respecto a los intereses sociales que deberían ser cruciales para enfrentarla.

    Aunque temporalmente fuera del discurso público, el desafío de época planteado por la crisis ecológica permanece en la agenda. Una alternativa en interés de la mayoría de las poblaciones tiene que vincular la solución de esta crisis aguda a la transformación socio ecológica. El criterio decisivo no es llegar a un acuerdo sobre los objetivos generales, esto ya existe, sino sobre las herramientas necesarias para implementarlos. Lo que está en cuestión son las instituciones y el equilibrio de poder entre las clases. Debemos tener el coraje de hablar de manera ofensiva y prominente sobre un nuevo papel de los Estados, sobre la propiedad, sobre la socialización del sector financiero, sobre los controles de capital, sobre la democracia económica y el fortalecimiento de trabajadores a nivel de empresas, municipios, países y la UE. Esta es la única forma en que podemos aprovechar las oportunidades para expandir el espacio social en el marco de una nueva hegemonía.

     

     

    III.

     

    La importancia de la salida de Gran Bretaña de la UE no puede subestimarse. No desaparecerá de la agenda europea. El Brexit no solo cambiará la vida de los 3,5 millones de ciudadanos de la UE dentro del Reino Unido y de los 1,2 millones de ciudadanos del Reino Unido que viven en los Estados miembros de la UE, sino de la UE en su conjunto.

    La pérdida de las cuotas de membresía del Reino Unido ha hecho que la brecha entre las demandas hechas al presupuesto de la UE y su nivel lamentablemente bajo se vuelva más obvia que nunca y, hasta ahora, ha impedido que el Consejo de la UE llegue a un acuerdo sobre el Marco Financiero a Medio-Largo Plazo (2021-2027).

    El Reino Unido ha sido la tercera economía nacional más grande de la UE y una de las cinco potencias nucleares "oficiales" que ocupan un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. El hecho de que paralelamente negocie un acuerdo de libre comercio de largo alcance con los Estados Unidos explica la dimensión geopolítica del Brexit. El énfasis en el comercio y la competencia que pone la UE en las negociaciones nos hace sospechar que aquel no está suficientemente interesado en responder a los intereses de los países que se han quedado en la Unión.

    La Comisión Europea cuenta con arrogancia que la dependencia económica del Reino Unido con la UE supera en gran medida a la dependencia de la UE con el Reino Unido. Pero esto por sí solo no nos dice nada sobre la fuerza de negociación real de la Comisión.

    Detrás del mandato que el Consejo le ha otorgado a la Comisión, existen considerables intereses en conflicto entre los Estados miembros.

    Por su parte, el Reino Unido también tiene un gran problema. Le interesa el acceso continuo y sin obstáculos de las empresas británicas de servicios financieros al mercado de la UE. Esto implicará concesiones en detrimento de otros sectores en Gran Bretaña, por ejemplo, la pesca, que no será fácil de lograr. Además, la salida de la UE está agravando las tendencias de desintegración dentro del Reino Unido, con Escocia pensando seriamente en celebrar un referéndum sobre su independencia y luego volver a unirse a la UE, algo que alimentará las tendencias separatistas existentes en otras partes de Europa. Al mismo tiempo, no se puede subestimar el peligro de reactivar las hostilidades en Irlanda del Norte, ya que no es imposible que el Brexit pueda poner en peligro incluso el Acuerdo del Viernes Santo.

    Siguiendo la lógica neoliberal, el gobierno británico prefiere un acuerdo con la UE similar a los acuerdos de libre comercio y protección de inversiones CETA (UE y Canadá) y JEFTA (UE y Japón).

    Por el contrario, en vista de la proximidad geográfica y las intensas interrelaciones económicas, la Comisión Europea exige garantías de igualdad de condiciones en la competencia y está presionando por un tratado que vaya más allá de un acuerdo convencional de libre comercio y protección de inversiones. Como objetivos de una futura asociación, dice que quiere establecer el desarrollo sostenible y la protección del clima, así como establecer altos estándares laborales y sociales. Aunque la protección del medio ambiente y los derechos laborales en algunos de los estados miembros de la UE está lejos de ser satisfactoria, la izquierda y los sindicatos no pueden sino apoyar críticamente esta intención.

    La Confederación Europea de Sindicatos está tratando de interpretar la “igualdad de condiciones” como un compromiso con los derechos de los trabajadores que "deben prever una cláusula de no regresión". [2]. En su Manifiesto de noviembre de 2019 para las elecciones parlamentarias, el Partido Laborista evitó esta pirueta semántica y exigió una "alineación dinámica de los derechos de los trabajadores, los derechos de los consumidores y las protecciones ambientales para que los estándares del Reino Unido se mantengan al ritmo de Europa como mínimo”. [3]

    Con el argumento de una igualdad de condiciones, la UE quiere mantener al Reino Unido no solo con los estándares sociales y ecológicos, sino también con el cumplimiento continuo de las resoluciones legales de la UE sobre ayudas estatales y política fiscal. Esto tiene sentido desde el punto de vista de la política de competencia.

    Sin embargo, nosotros, como internacionalistas, no podemos apoyar el obligar al Reino Unido a cumplir con una política a la que nos oponemos dentro de la UE.

    Esto está relacionado con la cuestión de los mecanismos de resolución de controversias que se crearán. La Comisión Europea quiere limitar la resolución de conflictos a cuestiones de competencia. Esto es inconsistente con la afirmación de que los estándares de la legislación ecológica, social y laboral están en el centro de su estrategia de negociación. Además, la Comisión quiere establecer que, en disputas sobre asuntos sujetos a la legislación de la UE, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) es el árbitro final. Esto suena razonable desde una perspectiva abstracta del Estado de Derecho. Pero lo mismo ocurre con la posición del gobierno del Reino Unido de rechazar una extensión de la jurisdicción de la UE a su propio territorio.

    ¿Estado de Derecho vs. Estado de Derecho? ¿Podría la izquierda a ambos lados del Canal de la Mancha estar separada por un respeto incondicional a su Estado de Derecho nacional y al de la UE?

    Sin embargo, el TJUE no es una institución sacrosanta. En algunos de sus juicios destacados se ha acogido a una interpretación radical de las cuatro libertades del mercado interno, tratándolas como una ley de la UE que se aplicará directamente desde arriba y en contradicción con las legislaciones laborales y sociales nacionales (véanse las decisiones del TJUE sobre Viking Laval, Rüffert y Comisión versus Luxemburgo en 2007 y 2008)

    Asignar al TJUE un papel decisivo en la relación entre la UE y el Reino Unido corre el riesgo de combinar lo peor de los dos mundos, allanando el camino para una radicalización del sesgo neoliberal de la integración europea a través de la jurisprudencia.

    La izquierda tiene que adoptar un enfoque alternativo. Por un lado, debe presentar demandas para la incorporación en los mecanismos de solución de controversias de la protección del consumidor, las normas ecológicas, así como la legislación laboral y social. Por otro lado, es necesario crear un mecanismo que, siguiendo el modelo de los tribunales laborales y sociales de Austria, integre en la solución de conflictos la representación de los intereses de los "interlocutores sociales".

    La izquierda, ciertamente, está a favor de un trato justo y equilibrado entre el Reino Unido y la UE. No es seguro que las negociaciones concluyan con éxito. Si colapsan en medio de acusaciones mutuas, esto beneficiará a los nacionalistas de ambos lados. La izquierda debe, si es necesario y si la izquierda británica e irlandesa están de acuerdo, proponer una extensión del acuerdo provisional.

    El tratado sobre la asociación Reino Unido-UE, siempre que se establezca, debe ser ratificado por el Consejo Europeo, el Parlamento Europeo y el Parlamento de Gran Bretaña. Es posible que también se requiera su ratificación por parte de los parlamentos nacionales de los Estados miembros de la UE. El proceso puede extenderse hasta 2021 e incluso más allá. En cualquier caso, correrá paralelo a la discusión sobre el futuro de la UE que la Comisión Europea ha anunciado.

     

     

    IV.

     

    A finales de 2019, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo se comprometieron a celebrar una Conferencia sobre el Futuro de Europa con participación ciudadana.

    El tema de la crisis de la actual integración europea ha ocupado la política comunitaria desde la crisis financiera. En 2017, la Comisión Europea publicó el Libro Blanco sobre el Futuro de Europa. ¿Alguien recuerda los cinco escenarios, que en esencia equivalen a delinear una nueva Europa sin cambiar la anterior?

    En septiembre del mismo año, en la Sorbona, el presidente francés Emmanuel Macron anunció en su discurso de apertura la Iniciativa para Europa, que pedía la abolición del desempleo, la transformación ecológica, un impuesto a las transacciones financieras, un impuesto digital, el establecimiento de un impuesto mínimo para la riqueza, la convergencia de las normas sociales, un claro aumento en el presupuesto de la UE y la democratización de las instituciones de la UE. ¡Macron no omitió ninguno de los déficits de la UE al pedir una "refundación de Europa"! [4] Pero, solo un poco más tarde, cuando los jefes de los gobiernos alemán y francés se reunieron en París para el 55 Aniversario del Tratado del Elíseo, un tratado de amistad entre Francia y Alemania Occidental, la declaración final no contenía ninguna referencia a las propuestas de Macron.

    Y así, el debate ya se había estancado antes de las elecciones al Parlamento Europeo.

    Los "proyectos emblemáticos" en los que los Estados miembro pudieron llegar a un acuerdo fueron los programas de armamento y la expansión de Frontex (Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas). Aparentemente, el gasto militar y la defensa contra los refugiados son siempre factibles y necesarios, mientras que la finalización de la unión bancaria, que implica una obligación financiera por parte de los grandes bancos para financiar un Seguro de Depósito Europeo, se pone en espera. También decepcionante este año, en su alcance y modo de financiación, fue el Acuerdo Verde Europeo, a través del cual la comisaria Von der Leyen tenía la intención de reaccionar ante la crisis climática.

    El fracaso de la UE en la política social y climática no debería sorprenderos, ya que la integración de los Estados capitalistas en una unión no puede ocurrir más que fundamentalmente a través de los mercados, que no tienen en cuenta las necesidades de toda la sociedad.

    Los hitos de la UE, los Tratados de Roma, el Acta Única Europea, el Tratado de Maastricht y el Tratado de Lisboa, han profundizado continuamente el carácter de economía de mercado de la UE. E incluso Emmanuel Macron, en contraste con su gesto innovador antes mencionado en su discurso de apertura en la Sorbona, ha llamado al mercado interno "el alma real de Europa".

    Sin embargo, desde el principio, la integración a través de los mercados se había opuesto a una interdependencia social basada en la prioridad dada a las decisiones políticas planificadas centralmente tomadas por las instituciones europeas, apoyadas críticamente también por la parte de la izquierda que había elegido la estrategia del camino democrático hacia el socialismo, con cambios y rupturas estructurales, a nivel nacional y europeo, para integrar la economía en los objetivos de las políticas a través de instituciones estatales y supranacionales. De hecho, la historia de la integración europea está atravesada por el choque entre estas dos tendencias.

    La Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) fue fundada en 1951, reemplazando a la Autoridad Internacional para el Ruhr, que después de la Segunda Guerra Mundial había puesto la industria pesada de Alemania Occidental bajo el control de las potencias aliadas. Junto con el comercio de productos de la industria pesada sin barreras aduaneras, se creó una Alta Autoridad con poderes de dirección de amplio alcance.

    El conflicto "política-mercado" alcanzó su punto culminante en 1984 cuando el primer Parlamento Europeo elegido directamente aceptó el "Proyecto de Tratado por el que se establece la Unión Europea", escrito bajo la dirección de Altiero Spinelli. Dicho tratado marcaba la subordinación de la economía de mercado en Europa a los objetivos sociales, nombrados explícitamente como pleno empleo, superación de la desigualdad, protección del medio ambiente y progreso cultural. Además, la iniciativa en la configuración y el mayor desarrollo de la unión se trasladaría al Parlamento Europeo, sin restringir los derechos de los parlamentos nacionales.

    Lo que vino a continuación fue completamente diferente a las aspiraciones de Spinelli. En 1985, los jefes de Estado y de Gobierno aprobaron el Acta Única Europea, que estableció el objetivo de realizar rápidamente un mercado interno europeo que lo abarcara todo, lo que significó la victoria de la tendencia de la economía de mercado. En 1992, cuando los jefes de Estado y de Gobierno se reunieron para la cumbre en Maastricht, después de que la situación de la economía mundial y la geopolítica cambiaran fundamentalmente tras el establecimiento del neoliberalismo y los acontecimientos históricos de 1989, se sintieron seguros de completar esta victoria mediante la creación de una unión económica y monetaria con los ahora famosos criterios de "convergencia".

    El conflicto estalló nuevamente en 2005 cuando los jefes de Estado presentaron su nueva propuesta, un borrador del Tratado para Establecer una Constitución para Europa, para su ratificación por parte de las poblaciones de todos los Estados miembros que fue rechazada en tres países. El hecho de que la constitución fallida haya sido aprobada por una conferencia intergubernamental dos años después bajo la forma del Tratado de Lisboa omitiéndose la ratificación popular, ciertamente no ayudó a mejorar la aprobación de la UE.

    El clímax dramático más reciente en la batalla entre el mercado y la democracia se produjo en 2015 cuando Syriza, tras llegar al gobierno en Grecia, trató de salir de la camisa de fuerza de la política de austeridad neoliberal. La dureza con que los acreedores aplastaron el intento de encontrar una salida alternativa a la crisis y la brutalidad de los programas de austeridad que se le impusieron, mucho más duros que los impuestos a Irlanda y Portugal, horrorizaron a muchos en toda Europa, pero también reanimó las diferencias de actitud hacia la UE que siempre existieron dentro de la izquierda radical.

    La izquierda de Europa, junto con las izquierdas de cada país, tiene que plantear la cuestión de la escala y la forma para otro modelo de cooperación o integración europea, diferente a la actual UE, y que se considere apropiado para enfrentar el capitalismo contemporáneo. Las respuestas variarán dependiendo de si el enfoque se centra en Europa en su conjunto o en los Estados individuales, y dependiendo de la situación de cada país.

    Además, la salida del Reino Unido de la UE nos recuerda una vez más que el paneuropeísmo no puede definirse por las fronteras de la UE real. El derecho de los países a abandonar la Unión Europea o la Eurozona es indiscutible. A pesar del crecimiento de las tendencias desintegradoras, una ruptura desordenada de la UE en sus 27 o más componentes, al menos en condiciones de paz, es un escenario bastante improbable. Más plausible sería un resurgimiento de viejas líneas de conflicto en Europa entre un bloque centroeuropeo bajo los auspicios de Alemania y un bloque del Sur y Oeste liderado por Francia. Es dudoso si este nuevo tipo de orden puede conducir a relaciones sociales y políticas más estables.

    Es un hecho que en muchos países la larga desilusión con la Unión Europea se ha convertido en una convicción acerca de su no reformabilidad. No podemos ignorar este cambio en la opinión pública ni tratar de ocultar las diferencias en cómo se percibe la UE, ya que constituye un punto de partida para el debate estratégico que ahora tiene que tener lugar.

    Si la tarea estratégica es recuperar la soberanía de los pueblos, no unos contra otros, sino juntos frente a los mercados financieros, entonces se debe defender la autodeterminación democrática de las poblaciones y el control de sus Estados. Esto implica el derecho de todo gobierno progresista a desobedecer esas reglas que obstaculizan el bienestar de sus Estados y sociedades. Por lo tanto, debemos exigir que el Pacto de Crecimiento y Estabilidad, inactivado durante la crisis del coronavirus, no regrese después de su finalización, sino que sea derogado. En su lugar, los instrumentos financieros de la UE (el BCE, el Banco Europeo de Inversiones y el Mecanismo Europeo de Estabilidad) deben estar disponibles para financiar programas nacionales para reconstruir los sistemas sociales y sanitarios y, más allá de esto, la transformación ecológica de las economías.

    El fortalecimiento de las infraestructuras sociales, la reconstrucción y la transformación ecológica de las industrias europeas, la eliminación de las disparidades regionales, la construcción de redes eficaces de energía y transporte y la movilización de la capacidad financiera necesaria que va más allá del alcance del presupuesto actual de la UE, todo esto requiere una cooperación supranacional a largo plazo y duradera. Si esto no se deja en manos de los mercados, también necesita una cooperación política supranacional bastante estrecha.

    La izquierda debe construir un proyecto estratégico para esta cooperación. Hoy la UE está presente como un híbrido extraño: por un lado, una zona de libre comercio con un aparato burocrático, que demostró ser incapaz de actuar en la crisis; por otro lado, un parlamento que no tiene el poder de administrar el mercado y la burocracia.

    Esto lleva a la cuestión del liderazgo político. La izquierda de Europa necesita estar activa también en la escena política europea como una potencia que reclama un liderazgo. Un reclamo de liderazgo político requiere llevar a cabo una lucha por la expansión de la democracia. El argumento de los liberales, que el déficit de la democracia europea consiste en la falta de una opinión pública europea, es débil. Es más exacto decir que la sociedad civil europea, los sindicatos y los movimientos sociales solo tienen capacidades limitadas para influir en la política europea, para lo cual los factores decisivos siguen siendo las características estructurales neoliberales y no democráticas de la UE, dependientes en la jerarquía de sus Estados miembros según lo determinado por su peso económico y político relativo.

    De alguna manera es trivial decir que las bases de poder esenciales de la izquierda están ubicadas en los Estados-nación. En cualquier caso, protegerlos de la tendencia destructiva de la economía de mercado descontrolada es estratégicamente necesario.

    Por lo tanto, es crucial enfatizar que en todos los sistemas concebibles de cooperación / integración europea, los Estados continúan siendo poderes económicos y políticos en sus propios derechos y lo seguirán siendo previsiblemente en el futuro. Esto necesita encontrar expresión en un sistema transparente y eficiente de jurisdicciones definidas y controles y equilibrios entre ellos y la UE.

    Sin embargo, dado que los desarrollos políticos en los Estados individuales avanzan a diferentes ritmos e influyen en los desarrollos europeos en diferentes grados, el peso excesivo de los gobiernos nacionales en la política europea actúa como un filtro que obstruye los cambios sociales. Esto produce el estancamiento en el que estamos.

    La única forma de superar el estancamiento es a través de la difusión de la democracia a todos los niveles de la toma de decisiones, lo que significa que también es a nivel europeo en el que los partidos diversos y antagónicos deben competir por la influencia, cooperar entre sí o confrontar el uno con el otro.

    Como un paso en el largo proceso para la refundación de Europa, basado en una visión poscapitalista, esto requiere que un parlamento soberano, libremente elegido, interactúe con los sindicatos, los movimientos sociales, ecológicos y cívicos. En lugar del Consejo Europeo compuesto por jefes de Estado y de Gobierno, el Parlamento Europeo debe convertirse en el centro de la toma de decisiones en aquellos asuntos para los cuales la UE tiene autoridad. En él, el factor clave sería la intervención de los partidos políticos a nivel institucional europeo. El Partido de la Izquierda Europea debería abordar esto seriamente con el objetivo de abogar por su mejora, pidiéndoles que se postulen para las elecciones del Parlamento Europeo con listas europeas.

     

     

    V.

     

    La pandemia ha dejado en claro que las amenazas más peligrosas a las que se enfrentan las sociedades no son militares, sino sociales y ecológicas, y esto está siendo lentamente asimilado por la gente de todo el mundo. La izquierda no debe perder el desafío histórico de presentar su plan estratégico para una transformación social radical. En este marco, si la recesión esperada realmente toma las dimensiones que muchos expertos predicen, entonces debería proponer que los fondos destinados a un aumento en los presupuestos militares necesariamente tendrán que ser redirigidos hacia una expansión de los servicios públicos.

    La protección contra la agresión militar es, además, ante todo una tarea política que consiste en el fortalecimiento del derecho internacional y las estructuras cooperativas. La creación de nuevas armas nucleares de destrucción masiva como resultado de la abrogación del Tratado INF por parte de los EEUU y Rusia y la inminente expiración del Tratado START representan un peligro continuo para Europa.

    Los efectos desastrosos de la pandemia en varios Estados africanos, apenas notados en Europa, demuestran que la cuestión social opera a nivel mundial. Los movimientos migratorios de los últimos años han hecho que los europeos sean conscientes de que la UE solo puede eludir su responsabilidad global al precio de la deshumanización de sus relaciones internas.

    Especialmente, en tiempos de la actual grave crisis sanitaria, no se debe ignorar el destino de las decenas de miles de refugiados que están detenidos en las fronteras exteriores de la UE en condiciones miserables, ya que son uno de los grupos de personas más vulnerables. La Declaración de la UE y Turquía de 2016 sobre migración debe ser revocada y reemplazada por una política que implemente el derecho de asilo garantizado por la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU.

    La pandemia y la crisis ecológica global nos recuerdan que el proyecto de mercado mundial del neoliberalismo ha fallado como modelo de civilización y ha costado vidas humanas no solo en el Sur global sino también en el mundo desarrollado, incluida Europa. Ahora es el momento de detener y revertir los acuerdos neoliberales de comercio e inversión que la UE ha concluido con la mayoría de los países de África, Asia y América Latina y examinar críticamente el daño social y ecológico que han causado.

    Tenemos que pensar en la Unión Europea realmente existente de una manera completamente nueva.

    La UE no es una entidad europea universal y no lo será en el futuro previsible. Por lo tanto, y no solo debido a sus déficits, no puede reclamar un monopolio sobre el tema de la cooperación / integración europea. Sería un error pensar que es un Estado en continua expansión equiparable a los Estados Unidos. Esto no es menos importante porque, debido a la creciente importancia de China como potencia mundial, se han establecido nuevas formas de cooperación internacional, por ejemplo, las Cumbres China-Medio Oriente-Europa (formato 16 + 1) que se han llevado a cabo desde 2012 con la participación de miembros y no miembros de la UE en diálogo con los jefes de Estado de China.

    El fin de la carrera armamentista y la gestión de la crisis ecológica requieren la cooperación internacional a escala mundial, en la que Europa tiene que redefinir su papel. Esto también requiere la reanimación de los foros europeos que han desaparecido en la percepción del público bajo el dominio de la Unión Europea: la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa, el Consejo de Europa y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, a los que pertenecen todos los Estados del continente. Deben verse como formas de cooperación / integración, con una importancia no menos a largo plazo para la seguridad en el continente europeo que la cooperación / integración económica y social en el marco de la UE.

     

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    Al publicar este documento, nosotros, el Consejo de transform! europe, tiene la intención de iniciar un debate dentro y fuera de la red. Nuestro esfuerzo no es solo definir más claramente nuestra propia estrategia, sino también explorar las posibilidades de una cooperación estratégica con los sindicatos, los partidos progresistas y las fundaciones políticas en Europa y en el ámbito europeo. En este sentido, creemos que es necesario volver a fomentar nuestros vínculos con los movimientos sociales, en particular con los movimientos feministas y ecologistas que surgieron de manera tan impresionante en la agenda política de los últimos años.

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    Notas

    1. Luxemburg, Rosa: Fragment über Krieg, nationale Frage und Revolution, p. 367 f.
    2. European Trade Union Confederatio: ETUC Position for a European directive on mandatory Human Rights due diligence and responsible business conduct
    3. It’s Time for Real Change: The Labour Party Manifesto 2019, p. 90.
    4. Sorbonne speech of Emmanuel Macron Full text / English version