• Análisis
  • ¿Qué pasa en Cataluña?

  • Por Marga Ferré | 28 Nov 17 | Posted under: España
  • Denuncia el historiador Enzo Traverso que la hegemonía cultural del neoliberalismo impone el “presentismo” en la narración de cualquier acontecimiento, es decir, hace que se cuente un hecho siempre en tiempo presente, como si no hubiera causas que lo originen ni consecuencias que lo desarrollen.

    De esta forma, Europa se levanta un día, el 1 de Octubre, con imágenes terribles que muestran la brutal represión policial a personas que quieren votar pacíficamente en Cataluña; unas imágenes intolerables que nos indignaron a todos. Lo que intentaré en este artículo es analizar las causas y las posibles consecuencias de lo que ocurre en Cataluña y en España.

    Un poco de Historia

    Cualquier análisis sobre la España actual ha de partir del hecho de que es un país que vivió durante 40 años bajo una dictadura. Repito: 40 años. Una eternidad y además, una excepción, porque a diferencia de otros países que sufrieron la noche oscura del fascismo, en España no hubo una revolución (como en Portugal) o una ruptura que juzgara y castigara a los verdugos (como en Argentina) o que rompiera simbólicamente con ese pasado (como en Sudáfrica). En España, Franco murió en su cama; no hubo ruptura entre el fascismo y la nueva democracia. Hubo cambio, pero no ruptura.

    El franquismo fue un régimen dictatorial sustentado en una suerte de fascismo a la española cuya base ideológica podría resumirse como “nacional-catolicismo”, uno de cuyos pilares era la unidad de la patria bajo designios divinos. Hoy puede mover a risa, pero durante 40 años el régimen repitió que “España es una unidad de destino en lo Universal”. En esa concepción mesiánica y psicópata del Estado no solo no cabía cualquiera que pensara distinto, sino que negaba la existencia en España de otras 3 naciones: Galicia, País Vasco y Cataluña, cuyas lenguas se prohibieron y cuyos derechos históricos se pisotearon.

    A la muerte tranquila del dictador en 1975 le sigue un periodo de restauración de la democracia denominado “la Transición”: un periodo de reformas democráticas basado en un pacto entre todos los actores políticos de la época (incluido el Partido Comunista) que genero un “consenso” que dio lugar a la Constitución de 1978. Esta “transición” ha sido el orgullo nacional durante tres décadas, hasta que el movimiento de los indignados en 2011, impugna el Régimen del 78 (llamado así por la Constitución que lo sacraliza) por corrupto, ineficiente e injusto.

    La Constitución del 1978 encaja el problema territorial de España como una concesión frente a las demandas federalistas. La mitología de la transición cuenta que el Partido Comunista acepta la Monarquía y la bandera monárquica a cambio de la descentralización del Estado y la creación de Comunidades Autónomas (entidades territoriales con altos niveles de autogobierno), e incluso un status especial para las “comunidades históricas”; eufemismo empleado para evitar hablar de naciones dentro del Estado, entre las que esta Cataluña.

    La paradoja es que la burguesía catalana y vasca han sido pilares fundamentales de este Régimen del 78 y aliados naturales de la derecha española durante los 39 años de democracia.

    Es decir, el mismo partido que hoy lidera el independentismo en Cataluña, ha sido durante décadas, el partido que ha ayudado a la derecha española a desarrollar las leyes más regresivas contra los trabajadores, ha favorecido las privatizaciones y apoyado entusiásticamente las medidas de austeridad.

    Se rompe la alianza entre la derecha española y catalana

    En Cataluña siempre ha gobernado el mismo partido político (salvo un breve periodo) llamado antes Convergencia y Union (CiU) y ahora PdeCat (Partido Demócrata Catalán), siendo el representante declarado de los intereses de la burguesía catalana que, en mi opinión, rompe su alianza con la derecha española por 2 motivos:

    1. En 2006 y bajo el Gobierno social-demócrata del PSOE, se pacta un nuevo Estatut para Cataluña (los estatutos son una especie de constituciones de cada Comunidad Autónoma) en el que se daba a Cataluña más dinero e inversiones y mayor control sobre los impuestos. Este Estatuto pactado se somete a referéndum del pueblo catalán que lo ratifica, y después es aprobado por el Parlamento español, con el voto en contra de la derecha (Partido Popular - PP) y ese es el problema. El PP denuncia el Estatut ante la máxima corte española, el Tribunal Constitucional, que en 2010, anula este Estaut por anticonstitucional. Este fue principal punto de ruptura entre la burguesía catalán y la española.

    2. En 2011 irrumpe el movimiento de los indignados que viene a suponer una impugnación total del régimen del 78 (un régimen corrupto tanto en España como en Cataluña) y tiene especial incidencia en Cataluña. No solo surge Podemos y los llamados Ayuntamientos del Cambio, entre ellos Barcelona, sino Ciudadanos, un partido neoliberal que surge en Cataluña contra el nacionalismo catalán. Este terremoto político hace que se mueva el escenario político que en Cataluña siempre había estado dominado por la burguesía nacionalista. De hecho, durante 2015 hubo dos elecciones generales en España y en ambas, Podemos fue el partido más votado en Cataluña. Durante ese año, se destapa un escándalo de corrupción de dimensiones épicas del líder histórico de CiU, que se ve obligada a cambiar de nombre (PdeCat). Es en ese momento cuando este partido nacionalista vira con más firmeza hacia la reclamación de la independencia.

    El fin de las clases medias

    La pregunta clave es por qué en 2010 solo un 20% de los catalanes se declaraban independentistas y en 2015 el porcentaje era de casi el 50%. Habrá varios motivos, pero uno de ellos es, sin ninguna duda, el impacto de la crisis económica en Cataluña.

    Cataluña siempre ha sido una zona rica, industrial. El bloque hegemónico ha sido siempre la burguesía catalana y sus valores, los dominantes. El mito de vivir en una zona rica con buenos trabajos en los que la aspiración a ser clase media, e incluso clase media alta, era una posibilidad, hoy se resquebraja ante una crisis que hace imposible para la mayoría de la población seguir creyendo esa ilusión. La precarización de los trabajos, el alto nivel de desempleo, la desindustrialización, el excesivo peso del turismo y sus bajos salarios… hace que se desvanezca en el aire las bases materiales que habían sustentado el proyecto de la burguesía. La idea de la independencia puede estar vacía de contenido, pero suena a proyecto ilusionante sobre el que poder proyectar las ganas de cambio de una población cansada de perder salarios y derechos.

    Las masivas manifestaciones por la independencia, la pasión con la que más de dos millones de personas fueron a votar en el referéndum nos muestran a una población que desea cambios. Aunque yo no comparta la idea de que la independencia vaya a cambiar nada sustancial, hemos de entender y respetar que es un deseo legítimo de, en este momento, la mitad de la población catalana.

    La proclamación de la independencia y la reacción del Estado

    Cuando el Parlamento de Cataluña aprobó no solo el referéndum de independencia, sino una ley que ya declaraba cómo iba a ser esa independencia, lo hizo con el voto de 72 diputados de 135, que representan al 47,8 % de los votantes en Cataluña.

    El día 1 de octubre, día del referéndum, todos pudimos ver la brutal represión del Estado. Creo que ese día el fantasma del franquismo del PP se hizo realidad al imponer a golpes su visión univoca del Estado. La actuación policial y la detención de los miembros del gobierno catalán que aprobaron la declaración e independencia nos retrotraen a esa falta de ruptura y dejó claro que la derecha española estaba dispuesta a utilizar todas las armas a su alcance para impedir la independencia.

    Lo más triste es que España está inmersa en gravísimos problemas, de los cuales no es menor la corrupción del PP hoy demostrada judicialmente como una “organización criminal”, de los que ya nadie habla. El tema catalán lo inunda todo, no hay conversación en la que no salga y se perfila como el problema que lo va a catalizar todo en nuestro país. Algo que beneficia a la derecha y, especialmente, al partido Ciudadanos, adalid de la unidad de España.

    El drama se torna trágico con la huida de Puigdemont (Presidente de Cataluña) a Bruselas y con la jugada de Rajoy (presidente de España y del PP) al imponer, en un mismo acto, el artículo 155 de la Constitución del 78 (el derecho del estado a tomar a las instituciones de un territorio si éste no acata la ley) con la convocatoria de elecciones en Cataluña el 21 de diciembre.

    Para mí ha sido sorprendente la rapidez con la que los partidos independentistas han aceptado las nuevas elecciones convocadas por el Estado. La pregunta ahora es si los partidos independentistas volverán a tener mayoría en el Parlamento catalán o no. La situación es políticamente volátil porque ha quedado claro que ningún país europeo apoyaría la independencia y porque desde el 1 de octubre, más de 2000 empresas han abandonado Cataluña, entre ellas las multinacionales y los bancos más importantes. Veremos lo que ocurre el 21 de diciembre, pero probablemente se llegue a un pacto de gobernabilidad que aparque la independencia sine die.

    La izquierda y la independencia de Cataluña

    El debate sobre la independencia sitúa un marco de polarización entre nacionalismos que deja fuera de juego a la izquierda. Los medios del régimen el 78 han intentado colocar a la izquierda española como independentista (cosa que no es) para situar dos frentes en liza: los partidos que defienden la Constitución del 78 y la unidad de España (PP, PSOE, Ciudadanos) y los que no (Unidos Podemos y los independentistas). Un mal escenario que prevé malos resultados electorales para la izquierda que representa Unidos Podemos, cuya posición en este asunto es a mi juicio la más razonable, pero de la que nadie quiere hablar hoy: un referéndum pactado en el que Unidos Podemos pediría el “no” a la independencia. Es decir, Unidos Podemos no quiere la independencia de Cataluña, sino un Estado federal, pero respeta el derecho a decidir de los catalanes en referéndum. Una posición demasiado compleja para la vulgaridad con la que el debate se está desarrollando en España.

    Una parte de la izquierda radical ve en la independencia de Cataluña la posibilidad de generar inestabilidad para el Gobierno y por lo tanto, una oportunidad para avanzar en una propuesta de ruptura para el país. Es una posición minoritaria, pero existe y de hecho ha provocado la destitución del a dirección de Podemos en Cataluña (más proclive a la independencia).

    La solución

    La mejor solución sería desbancar al PP del Gobierno y abrir un proceso para la creación de una nueva constitución en España, de corte federal (y republicano, a mi parecer) porque si algo ha dejado claro la crisis de Cataluña es que la Constitución del 78 ya no da más de sí. El régimen del 78 no debe seguir gobernando España. Cataluña es un síntoma y desde Unidos Podemos trabajaremos para que la solución sea solidaria y justa, sobre la base de una Constitución para todos.


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