• Opinión
  • La OTAN y la Construcción del Enemigo

  • Por Marga Ferré | 20 Jul 22 | Posted under: EE.UU. , Unión Europea , Historia , Paz y Guerra
  • Marga Ferré, co-presidenta de transform! europe, comenta la militarización occidental dirigida por la OTAN y analiza sus fundamentos ideológicos. En este contexto, señala la construcción del "Otro" como enemigo y el supremacismo racial, que deben ser combatidos.

    Hoy que la OTAN pretende redefinirse bajo el eufemismo de Global NATO, apenas esconde su pretensión de volver a fortificar los límites (los muros) de una política de bloques, de un escenario que antagonice a un “otro”, a un “enemigo” que justifique su existencia y, sobre todo, el descomunal gasto en defensa que la mera existencia de la OTAN acarrea. 

    De la lectura de la última Guía Estratégica de Seguridad Nacional  del presidente Joe Biden, de 2021, se extrae nítidamente la siguiente constatación: intentan desesperadamente volver a ser lo que los EEUU fueron; un “antes” al que rememoran, el rector de la “Pax Imperator” que definió el hemisferio occidental tras la II Guerra Mundial y que llegó al paroxismo durante la Guerra Fría a la que hoy mira de nuevo, melancólica, esa nueva OTAN renovada.

    Caído el Muro, la OTAN no tenía razón de ser, por lo que obvio fue, y sigue siendo, que para que una organización militar exista necesita justificar su existencia en constituirse como la defensa frente a… un enemigo, una amenaza, un otro al que combatir. Ese otro fue el comunismo durante la Guerra Fría, un antagonista real e ideológico. Tras el fin de la historia, ¿quién es el enemigo, el reverso del espejo que hace imprescindible que nos armemos hasta los dientes? ¿Quién puede ser ese otro antagonista contra el que cimentar la unidad de Occidente bajo la égida del Pentágono? La creación del enemigo, su deshumanización, su exageración y su persecución son las características comunes del pensamiento bélico que pretende, nunca lo olvidemos, una política de dominación consustancialmente reaccionaria.

    Lo que está en declive no son solo los EE.UU. como imperio dominante, sino la propia idea de la supremacía estadounidense que sustenta el mito, muy importante para su narrativa moral, de ser la nación más poderosa de la Tierra. En este artículo no voy a analizar las causas materiales que provocan la militarización de occidente y la nueva estrategia de la Alianza Atlántica, sino las dos ideas superestructurales con que lo justifican, cultural e ideológicamente: la construcción de “EL Otro” al que hay que combatir y el supremacismo racista con el que lo hacen.

    Breve Historia de "el Otro" 

    Es sabido que durante la Guerra Fría el enemigo era el comunismo y para ello Occidente desplegó un aparato ideológico anticomunista que abarcó desde la persecución política a través del macartismo, hasta una miríada de películas que configuraron un imaginario colectivo del mal, asociado a la URSS, para justificar la carrera armamentística.

    Durante ese periodo se establecieron dos doctrinas militares que hay que desempolvar porque, de alguna manera, siguen muy vigentes hoy: 

    La destrucción masiva asegurada, (el MAD por sus siglas en inglés) que establece que, dado el arsenal nuclear de las partes contendientes, el uso de las armas nucleares por cualquiera de ellas puede concluir con una aniquilación mutua. Por muy irracional que nos parezca, es la doctrina angular sobre la que bascula la política de las armas disuasorias. 

    Dando un paso más, el presidente Eisenhower lanzó, en 1954, La propuesta de la Represalia Masiva, que implicaba que cualquier acción militar del enemigo sería respondida de manera mucho más contundente, es decir, desproporcionada. Se suponía que el objetivo era la disuasión, a base de argumentar que se golpearía más fuerte para paralizar, por miedo, al enemigo.

    Por muy medievales que nos parezcan, estas dos doctrinas militares siguen siendo la excusa que la OTAN sostiene, no ya para existir, sino para incrementar su delirante gasto en armamento y negarse a la desnuclearización de su arsenal.

    Caído el muro, la siguiente hoja de ruta la marca la Administración Clinton con el concepto “Estados canallas”  (Rogue States), con la que el enemigo pasaba a ser una lista de países que EEUU consideraban una amenaza, en un primer momento formados por Corea del Norte, Irak, Irán y Libia, a la que con el tiempo fueron añadiendo otros países, nunca definiendo claramente los criterios para dicha inclusión, ni por qué estos estados y no otros eran el enemigo. La sospecha siempre fue que la acusación de Estado Canalla era la excusa perfecta para el despliegue de misiles antibalísticos ante amenazas no nucleares y el control geoestratégico de la energía, pero, por supuesto, nunca se explicitó.

    Los atentados del 11S abrieron la puerta a una nueva definición de “el Otro” articulado en torno al “Eje del Mal”  (Axis of Evil) establecido por el presidente George W. Bush en 2002 y que contenía reminiscencias, en su pueril nombre, tanto de los países del Eje durante la II Guerra Mundial, como del reaganiano “imperio del mal” con el que su predecesor calificó a la URSS. Este nuevo eje de los malos (los otros, los que merecen ser destruidos) estaba formado por Irán, Irak y Corea del Norte. El enemigo era “los estados que favorecen el terrorismo”, inaugurando un nuevo antagonista al que combatir, el terrorista, que abrió las puertas a varias invasiones y a un recorte de derechos y libertades sin precedentes en tiempos de paz.

    Esta doctrina continuó prácticamente hasta nuestros días, hasta que Joe Biden ha inaugurado una nueva con otro enemigo al que combatir: los estados autoritarios vs los estados democráticos. Esa es la idea central de su programa estratégico que no disimula un ápice que la totalidad de su propuesta está destinada a combatir a China. Para ello intenta contraponer el antagonismo en democracia liberal vs el resto. La Cumbre de Democracias organizada por Biden fue un fiasco, pero era un intento por parte de EE. UU. de definir dos bloques en el mundo en el que China es el enemigo a batir bajo la excusa de ser lo que su documento denomina varias veces como “estado autoritario”, etiqueta bajo la que solo nombran a otro país, Rusia.

    Aún más ambiguo, pero igual de eficaz, es la apelación a un Occidente frente un Este que actuaría como enemigo imaginario contra el que combatir, con evocaciones coloniales y racistas muy difíciles de disimular.


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