• Análisis
  • Italia: La derecha ha ganado pero el sistema sigue siendo inestable

  • Por Franco Ferrari | 28 Oct 22 | Posted under: Italia , Elecciones
  • Los resultados de las elecciones italianas del 25 de septiembre confirmaron muchas de las predicciones de los principales sondeos de opinión. La coalición de derechas obtuvo el 44% de los votos y, dentro de ella, el partido con la tradición más radical, Fratelli d'Italia, dirigido por Giorgia Meloni, se impuso con el 26%.

    Con este resultado electoral parece inevitable que el Palazzo Chigi, sede del gobierno, esté destinado a acoger por primera vez al partido heredero de la tradición neofascista. Fratelli d'Italia (FdI) se fundó en 2012 como una escisión del Popolo della Libertà, la formación surgida de la unificación de Forza Italia (el partido fundado y liderado por Silvio Berlusconi) y Alleanza Nazionale (una evolución del preexistente Movimento Sociale Italiano que había reunido a veteranos del fascismo y nostálgicos del mismo).

    Una minoría de la dirección procedente de Alleanza Nazionale sostenía que la herencia histórica de la extrema derecha italiana habría quedado definitivamente anulada en el seno de un partido estructurado como una empresa en la que era imposible cuestionar el control de Berlusconi. Además, el nuevo-viejo partido de Meloni rechazaba cualquier forma de alianza con "la izquierda" (identificada con el Partito Democratico - PD) aunque se justificara por la necesidad de afrontar la profunda crisis de la deuda pública que se hizo evidente en 2010-2011.

    El FdI siempre ha mantenido esta postura de oposición a los distintos gobiernos desde la sustitución de Berlusconi por el tecnócrata Mario Monti, aunque hubo cierto impulso interno para involucrarse en el primer gobierno de Conte formado por la Lega y el Cinco Estrellas, y también para apoyar al gobierno de Draghi.

    Meloni ha aprovechado las diversas expresiones de descontento del electorado de derechas, consiguiendo atraer apoyos principalmente de sus socios de coalición: La Lega de Matteo Salvini y Forza Italia de Berlusconi, que salieron de las elecciones del 25 de septiembre considerablemente mermados. Si en el caso del partido aún dominado por su anciano líder el 8% que recibió puede considerarse casi un éxito que frenó, aunque no invirtió, su actual tendencia al declive, el resultado algo más elevado de la Lega puede verse como una abrupta derrota, sobre todo porque fue especialmente significativo en algunos de sus bastiones del norte, como el Véneto.

    Meloni pretendía presentarse como una fuerza conservadora, pero sin repudiar nunca abiertamente sus raíces en la historia del neofascismo italiano; en varias ocasiones, más bien, reivindicó la continuidad con él, manteniendo el símbolo de la llama utilizado por el Movimento Sociale Italiana para indicar el deseo de resurgir del catastrófico colapso del régimen de Mussolini, y continuando con la glorificación de la figura de Giorgio Almirante, que fue el líder del MSI durante muchos años y siempre reivindicó el ideal del fascismo.

    En lugar de repudiar el fascismo (salvo sus aspectos más indefendibles, como la introducción de la legislación antisemita) Meloni se limitó a relegarlo a la historia, que es lo que le gustaría hacer con el antifascismo, que el FdI nunca ha respaldado, sino que siempre ha expresado su hostilidad hacia las manifestaciones simbólicas que vinculan a la República Italiana con los valores de la Resistencia.

    El FdI ha conseguido aglutinar en las urnas diversas tendencias sociales que, obviamente, van más allá de los medios abiertamente nostálgicos del régimen fascista. Sectores del conservadurismo social, la xenofobia y el miedo a los efectos de la inmigración (algunos de ellos fomentados de forma artera), las demandas de "ley y orden", el clericalismo y el euroescepticismo. Las clásicas proclamas de la derecha contra los impuestos canalizaron hacia el FdI el apoyo de una parte del mundo de las pequeñas y medianas empresas, de los artesanos y de los comerciantes, todo ello con declaraciones de adhesión a los artículos de fe liberales, que insisten en la primacía de la empresa que necesita ser liberada, según la fórmula que circula en Italia desde hace décadas, de la "burocracia y los obstáculos", entre ellos los presuntos derechos excesivos de los trabajadores.

    El éxito del FdI se ha visto favorecido por dos rasgos específicos del sistema político italiano: la ley electoral mayoritaria, que era algo que el PD deseaba específicamente hace cinco años para dificultar el éxito del Cinco Estrellas, y la composición plural de la coalición de derechas desde su formación tras el colapso de los partidos históricos de la democracia italiana. Basada esencialmente en tres partidos, esta coalición ha resistido el cambio de equilibrio de poder entre sus componentes, así como el cambio de liderazgo. El declive de la popularidad de Berlusconi abrió el espacio para el ascenso de Salvini, quien, cometiendo una larga serie de errores políticos, neutralizó rápidamente su propia popularidad, lo que desplazó el voto hacia Meloni. Los números de las elecciones no muestran una expansión de la aprobación electoral general de la derecha, sino un cambio dentro de ella y su evidente radicalización hacia la derecha más extrema.

    Al próximo gobierno de la derecha le espera un escenario muy complicado. Los efectos de las múltiples crisis en curso se combinan con las características específicas del capitalismo italiano, que si, por un lado, conserva una cierta vitalidad de los sectores industriales basados en las pequeñas y medianas empresas, confirma, por otro lado, una tendencia a largo plazo al estancamiento, pagada sobre todo por las clases trabajadoras en términos de derechos y salarios.

    Habiendo elegido y afirmado una línea fundamentalmente pro-sistema a nivel económico y financiero, así como la participación en la OTAN en el envío de armas a Ucrania, es posible, en vista de una situación social que corre el riesgo de deteriorarse rápidamente en los próximos meses, que el próximo gobierno se centre sobre todo en cuestiones de identidad y valores -y en la denuncia de la conspiración del "poder" y del "intercambio de población" étnico dirigido por el usurero Soros (frase que la propia Meloni utilizó hace unos años), ideas propagadas por el FdI-, aunque durante la campaña electoral se haya transmitido una importante disposición por parte de este "poder" a aceptar fácilmente un futuro gobierno de Meloni.

    La relación con la UE es más compleja. Si la extrema derecha italiana ve con cierta hostilidad la dimensión supranacional del proyecto europeo, mientras que ve con mejores ojos las exigencias del "libre mercado", las limitaciones económicas y financieras impondrán cierta prudencia. Sin embargo, se trata de un acto de equilibrio que la derecha polaca (con la que el FdI está estrechamente relacionado) ha sabido gestionar con bastante habilidad.

    La derrota del Partito Democratico

    Con cerca del 19% de los votos, el PD ha terminado en el mismo nivel que alcanzó hace cinco años, cuando era liderado por Matteo Renzi. Teniendo en cuenta el gran aumento del abstencionismo esto se traduce en una consistente pérdida de votantes. Dado que la votación de 2018 se consideró una fuerte derrota, la actual repetición solo puede verse como un nuevo fracaso del partido.

    El PD se presentó a las elecciones tras haber roto con el partido que debería haber sido su principal socio en una posible coalición: el Movimiento Cinco Estrellas de Gisueppe Conte. Sólo esta alianza podría haber sido competitiva frente a la coalición de derechas. El PD no aceptó la decisión de Cinco Estrellas de entablar un debate crítico con el gobierno de Draghi ni el tímido distanciamiento de Cinco Estrellas del apoyo militar masivo a Ucrania, querido por la OTAN y aceptado por la UE.

    El segundo aliado potencial era el nuevo polo centrista formado por Carlo Calenda, ex ministro y diputado del Parlamento Europeo elegido en la lista del PD. Esta alianza se basaba en celebrar una continuidad con las políticas de Draghi y en un acuerdo programático fuertemente centrista y liberal. El acuerdo fracasó (quizás también por motivos oportunistas por parte de Calenda) cuando Letta, líder del PD, firmó otro acuerdo con la alianza formada por los Verdes y Sinistra Italiana (Verdi-SI), cuyo objetivo declarado era simplemente agregar los votos en una lista única para el tercio del Parlamento elegido con el sistema de mayoría simple con el fin de oponerse a la derecha.

    Este último acuerdo, que no exigía una alineación en torno al programa, no estuvo exento de ambigüedades, ya que cuando Letta declaró públicamente que no quería gobernar con Verdi-SI, Angelo Bonelli (Verdes) afirmó que quería participar con sus propios ministros en un posible gobierno dirigido por el PD.

    El resultado de estas maniobras fue la formación de una coalición en torno al PD con, a su derecha, el partido +Europa, liderado por Emma Bonino -que, además de abogar por una mayor integración europea, tiene posiciones ultraliberales y un apoyo férreo al atlantismo-, así como una pequeña y poco relevante escisión centrista (Impegno Civico) de Cinco Estrellas, y, a la izquierda, con Verdi-SI, que tradicionalmente se considera parte integrante de una alianza tradicional de centro-izquierda.

    En vista de la recuperación electoral de Cinco Estrellas, el secretario del PD intentó algún giro programático hacia la izquierda, por ejemplo, prometiendo superar la Ley de Empleo (una ley defendida por el propio PD y que aumentaba la precariedad laboral), que no resultó muy convincente.

    Tampoco se sacó mucho provecho del uso pretextual del antifascismo o de la descripción de una Italia destinada bajo Meloni a ser presa de Putin, argumentos que en su mayoría parecían una forma de esquivar el balance de las políticas promulgadas por el PD en una década en la que casi siempre desempeñó papeles de liderazgo en el gobierno.

    El problema del PD, sin embargo, no sólo tiene que ver con las tácticas electorales o los errores cometidos por su secretario (el partido ha visto ya muchos cambios de líder sin efectos significativos), sino con la propia naturaleza del partido como cajón de sastre con el objetivo de cubrir todo el espectro electoral del centro-izquierda.

    Casi todas las premisas en las que se basa el partido han demostrado ser falaces, empezando por la consolidación no sólo de un sistema bipolar sino de un bipartidismo basado en un sistema electoral mayoritario -y también en el éxito de una globalización económica que ayudó a consolidar el apoyo por políticas progresistas en el plano de los derechos civiles, mientras que era liberalista y proempresarial en el ámbito económico.

    El PD se ha ido convirtiendo en el partido de las capas medias-altas y de los sectores con cobertura social, una parte de la sociedad que, en lugar de crecer cuantitativamente y mantener su hegemonía social, se reduce continuamente. Además, la ambición del partido de ser la primera fuerza indiscutible de una coalición de centro-izquierda (en contraste con el carácter plural de la coalición de derecha) ha producido una reducción continua de las fuerzas que son sus potenciales aliados. Si el objetivo de dominar la coalición de centro-izquierda ha favorecido la marginación y la derrota de la izquierda radical, la misma operación no tuvo éxito con Cinco Estrellas ni, en menor medida, con el área neocentrista. El PD, un partido creado con la ambición de serlo todo, se enfrenta al dilema de tener que cuestionar el propio razonamiento que motivó su fundación.

    El Movimiento Cinco Estrellas

    Formación populista de contenido ambiguo y gran éxito, el Movimiento Cinco Estrellas ha tenido que aplicar numerosas metamorfosis. Su fragmentación ha dado lugar a varios pequeños grupos que han tratado de retomar una u otra de las cuestiones originales planteadas por el Movimiento, por ejemplo, la idea de salir del euro. Otro componente ha tratado de normalizarse situándose de lleno en las políticas del establishment que originalmente quería combatir, pero también en este caso sin poder encontrar un espacio político propio.

    Mientras tanto, una parte del electorado que había acudido al Movimiento fundado por Beppe Grillo, procedente de partidos de derechas, ha vuelto a sus alineamientos originales. El cambio en la composición del partido, que refleja en gran medida sus grupos parlamentarios, ha llevado a que sean sobre todo los que tienen una orientación que puede llamarse progresista los que se han quedado en Cinco Estrellas. Además, "progresista" es la palabra que utiliza su líder, Giuseppe Conte, ex jefe de dos gobiernos de distinto perfil, para identificar el programa del partido, que prefiere a la palabra "izquierda".

    Conte, que en la campaña electoral, como gestor tranquilizador de la pandemia, trató de proyectar una imagen más populista en consonancia con la identidad tradicional del partido en el que se convirtió, de forma casual pero hábil, en líder político, ha rechazado, sin embargo, las propuestas de lanzar una coalición más amplia situada a la izquierda del PD, un proyecto dificultado también por la negativa de Los Verdes y Sinistra Italiana a seguir esta vía.

    El Movimiento 5 Estrellas se presentó ante los votantes como el principal promotor y defensor de una "renta ciudadana" que ha permitido a un amplio sector de la población en condiciones de pobreza resistir los efectos de la crisis. Esto dio a Cinco Estrellas la capacidad de conservar un importante apoyo en las zonas del sur, aquellas en las que la pobreza y el desempleo están más extendidos. El Movimiento, que a estas alturas ha adoptado la forma de un partido pero que sigue siendo fundamentalmente un agregado de componentes institucionales sin una base de masas, también se distanció en parte de la retórica belicista en relación con Ucrania, aunque sin lograr ninguna ruptura real con ella por la vía de los hechos. De este modo, dio expresión, al menos en parte, a un sentimiento pacifista, o de duda, en cuanto a los posibles resultados catastróficos del conflicto, un sentimiento que sigue siendo ampliamente compartido en la opinión pública italiana.

    Alcanzando cerca del 15% de los votos, aunque haya perdido bastante más de la mitad de sus votantes de 2018 (algunos de los cuales se convirtieron en no votantes) el Movimiento ha confirmado la existencia de una zona del electorado orientada a la izquierda pero que no confía en el PD. Sin embargo, el perfil político del partido de Conte sigue siendo fluido y contradictorio y podría moverse en diversas direcciones incluso opuestas. En cualquier caso, la apuesta de poder detener e invertir la tendencia al declive de Cinco Estrellas está por ahora ganada. Lo que será decisivo para el futuro del partido es el posible enfrentamiento que se avecina con el nuevo gobierno sobre la renta ciudadana, a la que se opone ferozmente el partido de Meloni.

    La izquierda radical

    En el Parlamento, el grupo de los Verdes (que durante muchos años se mantuvo al margen de las instituciones) y Sinistra Italiana, tras varios intentos de fusión seguidos de escisiones, ha conseguido afirmarse, reuniendo a la parte de Rifondazione Comunista que optó por jugar el papel de flanco izquierdo del PD, con una alianza hegemonizada por este último partido. Esta lista ocupa en gran parte el espacio (poco más del 3%) que en 2018 había ocupado Liberi e Uguali (LEU), formación en la que se había fusionado un grupo que abandonó el PD, ahora en vías de volver a su casa original. Durante los últimos años LEU se dividió en varias direcciones.

    Hasta ahora la idea de constituir una sección de izquierda del centro-izquierda, aunque permitía garantizar al menos una mínima presencia institucional, no ha producido un proyecto político estable ni una agregación significativa de componentes sociales. Tampoco ha demostrado a nivel local, donde la operación tuvo cierto éxito electoral, como en Emilia-Romaña, una capacidad de influir en las políticas predominantes del PD. Sin embargo, ciertamente ha dificultado la construcción de una izquierda que no sea subalterna a la hegemonía liberal, sin ayudar siquiera a alcanzar el objetivo mínimo declarado: frenar la llegada al poder de la izquierda radical en Italia.

    La izquierda que considera imposible una alianza con el PD, dada la distancia ya insalvable en cuestiones de programa y base social, se presentó en la lista de Unione Popolare. Lanzada en julio de 2022 en torno a la figura del ex alcalde de Nápoles Luigi De Magistris, con la participación de Rifondazione Comunista, Potere al Popolo, Dema (un experimento surgido de la experiencia del municipio de Nápoles), Manifesta (formada por parlamentarios que salieron de la izquierda de Cinco Estrellas), grupos intelectuales y otros actores sociales, tuvo que afrontar unas elecciones antes de que el proyecto estuviera suficientemente arraigado. El resultado (1,4%) en la Camera dei Deputati (la cámara baja) está ciertamente por debajo de las expectativas, aunque marca un pequeño aumento en números absolutos en comparación con la lista análoga de 2018.

    Ciertamente, la ruptura de Cinco Estrellas con el PD y su recuperación de credibilidad en la izquierda ha reducido la posibilidad de que Unione Popolare catalice a una parte del electorado desilusionado del movimiento fundado por Grillo. La todavía escasa presencia de Unione Popolare en las regiones y en la sociedad no le ha permitido ofrecer una política suficiente para convencer al menos a una parte de los nuevos abstencionistas.

    Sin embargo, Unione Poplare ha demostrado una mayor capacidad para elaborar programas (aunque esto siga siendo propiedad de medios demasiado limitados) y para utilizar mejor los medios sociales. Los comentarios posteriores a la votación indican una voluntad común de proseguir con este proyecto de coalición, tanto más cuanto que el sistema político e incluso las grandes orientaciones de la opinión pública no se han estabilizado en absoluto, lo que puede abrir nuevas oportunidades, aunque por supuesto hay que aprovecharlas ofreciendo propuestas políticas adecuadas.


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