• Algunas observaciones sobre el futuro de Europa y la izquierda transformadora
  • Hola, esto es el capitalismo

  • Por Walter Baier | 12 Sep 16 | Posted under: European Union , La Izquierda
  • Ponencia en la Universidad de Verano de PCF. - El dilema de Europa es real. Por un lado, está claro que Europa no puede continuar por el mismo camino, algo que el referéndum de Gran Bretaña ha puesto de relieve. Por supuesto, el NO no se dirigía sólo a la UE sino también la clase política de Gran Bretaña, lo que demuestra que el fracaso del modelo neoliberal pone en peligro no sólo la Unión Europea, sino también a sus Estados miembros.

    Es cierto que nuestra izquierda, la izquierda transformadora, ha avanzado en un buen número de países - en España, Grecia e Irlanda - y que el Partido de la Izquierda Europea, fundado hace sólo una década, es un logro importante. Pero la ausencia de un proyecto común y movilizador para Europa sigue siendo una debilidad. Sin ello la izquierda no será capaz de cambiar la relación de fuerzas a escala europea, esto tiene repercusiones a nivel nacional. El ejemplo griego es el caso más emblemático.

    En medio de la lucha es fácil ser demasiado optimista acerca de la relación de fuerzas.

    Sin embargo, lo que muestran las cifras es inequívoco. En nueve países europeos en los que se llevaron a cabo las elecciones en 2015 los partidos de la izquierda radical anotaron un 11%, mientras que el nacionalismo de derecha y los partidos autoritarios recibieron el 22% de los votos, y en el caso más extremo, en Polonia, ganó un partido de extrema derecha las elecciones presidenciales.

    Estos resultados muestran la polarización de la escena política como consecuencia de la crisis y que la dinámica más fuerte se sitúa en el campo de la derecha radical - al menos en el ámbito europeo.

    Además, el ascenso de los partidos de extrema derecha en casi todas las partes de la UE sugiere que no se trata aquí de una serie de acontecimientos desagradables, y todavía singulares, en Austria, Hungría, Francia, etc., sino de un desplazamiento hacia la derecha a nivel europeo, lo que también afecta a los partidos de centro, como por ejemplo aquí en Francia, y que representa una nueva calidad: Todos las partidos mencionados tienen en común su oposición a la integración europea.

    Por lo tanto, estamos frente a un desafío doble que no puede ser simplificado: La izquierda tiene que hacer frente tanto al neoliberalismo autoritario, que una vez más se presenta como si no hubiera alternativa (como en el famoso TINA), y a la derecha radical, que está creciendo con un nacionalismo reavivado y que no sólo se refiere a países individuales, sino que dice también representar un mejor orden europeo.

    ¿Cómo nos situamos frente a esta lucha, una lucha que es real y está cristalizando en un bipartidismo de derecha a escala europea?

    En primer lugar, hay que señalar que el Tratado de Maastricht y la Unión Económica y Monetaria Europea, así como el pacto presupuestario nunca han sido proyectos de la izquierda. ¿Por qué debería defender la izquierda un sistema de tratados e instituciones al que ha combatido desde el momento en que se estableció?

    Sin embargo, la Unión Europea no es simplemente una zona de libre intercambio con una moneda única mal concebida. También constituye un sistema de relaciones internacionales establecidas como resultado de la Guerra Fría, que al final fue ganada por Occidente.

    Este sistema es, sin duda, jerárquico, opaco y bastante poco democrático. Pero hola...este es el capitalismo, o si lo desea, el imperialismo. Uno sólo puede estar decepcionado de ello, si antes se ha dejado embaucar.

    ¿Qué alternativas estratégicas tenemos nosotros?

    Mi punto de partida es no tener ilusiones sobre una Europa post UE. Esto último no sería un lugar idílico donde los países, por fin liberados del dominio de Bruselas, coexisten pacíficamente uno al lado del otro, negociando y cooperando entre sí.

    Todo lo contrario, esta "nueva Europa" se parecería a la vieja Europa de los años de entreguerras, dividida como estaba por las rivalidades entre las grandes potencias, que estaban implicadas en los pequeños conflictos entre los pequeños Estados-nación, especialmente en Europa Central, donde las fronteras dibujadas después de la Primera Guerra Mundial aún están en desacuerdo con la composición multinacional de los territorios en cuestión, por ejemplo en Tirol del Sur, Sudetes alemán, Transilvania, etc., lo que hace que sea absurdo aplicar aquí estrictamente el principio nacionalista. La guerra civil en Ucrania también da testimonio de esto.

    Dicho de otra manera, el desmantelamiento de la UE sólo beneficiaría a los propósitos de la izquierda si pensamos que los principales problemas que tienen que enfrentar las sociedades podrían ser mejor administrados en una Europa con 28, 35 o 50 monedas nacionales, con Estados-nación, y con los regímenes de frontera. Me parece poco convincente.

    Entonces, ¿cómo navegar entre Escila y Caribdis, entre un europeísmo ingenuo y la asimilación del nacionalismo?

    Para mí, la cuestión de Europa se plantea por primera vez en términos estratégicos y no como un tema ideológico. Tenemos menos necesidad de un plan para una Europa ideal y prefabricada, que corre el riesgo de ser dividida en lugar de servir como inspiración. Es decir, o sale una Europa democrática y social de las luchas de sus pueblos o no existirá Europa.

    Para lograr este objetivo necesitamos puntos de referencia para una estrategia europea. El criterio para este tipo de estrategia unificadora es que permita que seamos sensibles a las exigencias políticas, que son obviamente diferentes en los distintos países y en amplias regiones.

    Por eso consiste mi propuesta en tres puntos breves:

    1. Todos estamos de acuerdo en que la Unión Europea sólo tiene futuro si se acaba con las políticas de austeridad. Esto es de sentido común. Pero, ¿cómo lo conseguimos? Se requiere un debate sin tabúes. Por ejemplo, en un artículo que apareció hace unos días en el Financial Times, Joseph Stiglitz propuso sustituir la moneda única por un sistema al que él llama el "euro flexible", con un fuerte "euro norte" y un "euro sur más débil”. ¿Por qué no?
      Pero añade: "Los buenos arreglos de divisas no pueden garantizar la prosperidad, los defectuosos conducen a las recesiones y depresiones". En otras palabras, el sistema monetario podría cambiarse, pero los problemas permanecerían porque los cambios necesarios tienen que ir más allá y establecer, entre otras cosas: "Una unión bancaria común, y lo más importante: un seguro de depósitos común, normas para reducir los excedentes comerciales, y eurobonos o algún otro mecanismo similar para la mutualización de la deuda. Una política monetaria que se centre más en el empleo, el crecimiento y la estabilidad, no sólo la inflación".
      Esto conduce al segundo punto:

    2. Todo esto sólo puede lograrse sobre la base de una fuerte solidaridad europea. ¡La izquierda tiene que promoverla y reforzarla! Todos nosotros tenemos que asumir esta responsabilidad europea. Y hay que reconocer francamente que no estuvimos a la altura en el momento de la gran lucha del gobierno griego con las instituciones europeas. Sin embargo, la perspectiva paneuropea no es la única posible. Tenemos que rechazar una falsa dicotomía, es decir, el de la integración europea frente a la autodeterminación nacional.
      ¡Queremos una Europa en la que un gobierno democráticamente elegido pueda promulgar un programa Tesalónico! Una Europa que respete la soberanía democrática de cada pueblo. ¡Este es el punto! Sólo de esta manera se podría hablar de una Europa democrática.

    3. Sin embargo, en el capitalismo globalizado, uno de cuyos centros es Europa, la soberanía popular sólo podría materializarse si junto a su expresión nacional también adquiere un carácter europeo.
      Sin simplificar demasiado, el corazón de toda la democracia es el parlamentarismo, ganado a través de revoluciones nacionales, pero todavía no conquistado a nivel europeo. Este defecto europeo también va en detrimento de los parlamentos nacionales cuyas autoridades desaparecen en la espesura de las burocracias nacionales y europeas típicas de los procesos intergubernamentales.
      Por esta razón me gustaría ver a la izquierda luchar por el pleno derecho del Parlamento Europeo, un Parlamento elegido por sufragio universal e igual, que se apropie de toda la autoridad legislativa europea y que no ejerza su autoridad en perjuicio de los parlamentos nacionales, pero sobre la base de una división razonable y transparente de la autoridad fundada en una constitución democrática.

    Concluyendo:

    El hecho es que la UE está siendo cuestionada. A la luz del siglo pasado y de los problemas actuales, la izquierda sólo puede ser un protagonista de la integración europea.

    Sin embargo, si la idea de la integración pacífica de Europa ha de ser protegida contra el creciente nacionalismo esta debe ser reinventada.

    La Unión Europea será social o será inútil. La UE se democratizará o será desacreditada, será pacífica o sucumbirá.

    A la vista de este dilema tenemos que tener cuidado de no romper con la idea de la unidad europea, pero sí con el marco neoliberal y autoritario de las instituciones y tratados a través de los cuales se ha actualizado esta idea.

    Traducción al español: José Luis Martínez Redondo


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